por Martín Olivera
«La literatura contemporánea ha abandonado la ambición intelectual que definió a Borges para refugiarse en el sentimentalismo autobiográfico.»
La herencia dilapidada
Borges demostró que la ficción podía ser un instrumento de pensamiento tan riguroso como la filosofía. Sus cuentos no eran relatos: eran teoremas narrativos, experimentos sobre el tiempo, el infinito, la identidad. Cada página exigía del lector un esfuerzo intelectual comparable al del escritor.
¿Qué queda de esa ambición? Novelas sobre la infancia del autor. Memorias disfrazadas de ficción. La literatura reducida a terapia pública.
El culto al yo
La autoficción no es un género: es una rendición. Es la admisión de que el escritor contemporáneo ha perdido la capacidad —o la voluntad— de imaginar mundos que trasciendan su experiencia personal.
Borges nunca habló de sí mismo; habló del universo a través de sí mismo.
Borges utilizaba su erudición como material de construcción. El escritor contemporáneo utiliza sus traumas como materia prima. El resultado es predecible: una literatura que conmueve pero no transforma, que entretiene pero no desafía.
Recuperar la ambición
No se trata de volver a Borges —eso sería otra forma de nostalgia— sino de recuperar lo que él representaba: la convicción de que la literatura puede y debe competir con la filosofía, la ciencia y las matemáticas como forma de conocimiento.
El escritor que solo escribe sobre sí mismo no escribe literatura: lleva un diario. La diferencia importa.