por Álvaro Menéndez
«La democracia representativa occidental no es ya un sistema de gobierno sino un teatro de legitimación del poder económico.»
El cadáver que gobierna
Lo que llamamos democracia no es más que el residuo simbólico de un pacto social que hace décadas dejó de cumplirse. Los parlamentos legislan lo que los mercados dictan. Los votos se cuentan, pero las decisiones se toman en despachos sin nombre.
No se trata de una teoría conspirativa. La captura corporativa del Estado es un fenómeno documentado, medido y, sin embargo, tolerado. ¿Por qué? Porque la liturgia democrática —las elecciones, los debates televisados, los sondeos— mantiene la ilusión de agencia ciudadana.
La liturgia como anestesia
Cada cuatro años, los ciudadanos participan en un ritual cuya eficacia simbólica es inversamente proporcional a su impacto real. Votar se ha convertido en un acto de fe, no de poder.
La democracia no murió de un golpe; murió de irrelevancia.
El verdadero poder reside en la capacidad de establecer la agenda, y esa capacidad hace tiempo que abandonó las instituciones representativas para instalarse en los consejos de administración y los fondos de inversión.
El espejismo de la participación
La digitalización prometió democratizar el acceso a la información y multiplicar la participación. Lo que produjo fue un circo de opiniones instantáneas donde la profundidad analítica es castigada por el algoritmo y la superficialidad es recompensada con viralidad.
No necesitamos más democracia del mismo tipo: necesitamos reinventar radicalmente lo que entendemos por gobierno del pueblo. Y eso empieza por reconocer que lo que tenemos no lo es.