por Elena Ríos
«El arte contemporáneo no es incomprensible: es cobarde. Su hermetismo no es profundidad sino blindaje contra el juicio.»
La ilegibilidad como estrategia
El arte que nadie entiende tiene una ventaja operativa: nadie puede decir que es malo. La incomprensibilidad se ha convertido en el refugio de quienes no tienen nada que decir pero sí saben cómo decirlo de forma que parezca profundo.
No todo el arte difícil es cobarde. Hay dificultad genuina —la de Celan, la de Tarkovsky, la de Giacometti— que exige del espectador un esfuerzo que vale la pena hacer. Pero hay otra dificultad, la más frecuente en el arte de mercado contemporáneo, que es simple ausencia de contenido disfrazada de densidad.
El museo como validador
El sistema del arte contemporáneo es funcionalmente indistinguible de cualquier otro mercado de lujo. Los precios no reflejan valor estético sino posicionamiento de marca. La galería no selecciona por criterio artístico sino por especulación financiera. El museo no consagra al artista: lo certifica como inversión segura.
En ese ecosistema, la provocación tiene un precio de mercado pero no tiene consecuencias reales. La obra "escandalosa" que se vende por un millón no escandaliza: decora.
El arte que el mercado puede comprar no puede amenazar al mercado.
La pregunta que el arte evita
El gran arte siempre ha sido aquel que hace imposible no preguntarse algo sobre la condición humana. El arte contemporáneo dominante ha reemplazado esa pregunta por el comentario irónico sobre sí mismo.
La ironía infinita no es una posición filosófica: es la renuncia a tener una. Y sin posición, no hay arte: hay decoración cara.