Entre X - Y

Entre X - Y

¿Que engendra del género? 

Genesis bipartita definición reificada de lo que puede ser o no ser un cuerpo. Sentencia de división de trabajo, división del alma. Más que génesis, genealogía; más que historia, archivo. 

¿Cuál es el método de producción? 

En las sociedades modernas, el alma se instala primero como un implante vivo en la carne, y luego, a medida que crece, es esculpida como un bonsái, mediante el entrenamiento y el castigo repetitivos, mediante invocaciones lingüísticas y rituales institucionales, para reducirla a una determinada identidad. Algunas almas se despliegan más que otras, pero no hay almas en el jardín de los vivos que no sean efecto de la implantación y la poda. De entre todos los cuerpos, hay algunos que parecieron existir durante mucho tiempo sin alma. Fueron considerados como pura anatomía, carne comestible, músculos que trabajaban, úteros reproductivos, piel dentro de la que eyacular. Eso fueron y son todavía los que se denominan «animales», los cuerpos colonizados, esclavizados y racializados, pero también, de otro modo, las mujeres, aquellos que son considerados como enfermos o discapacitados, los niños, los homosexuales y aquellos cuya alma, decía la medicina del siglo XIX, pretendía salir del cuerpo en el que estaba y viajar a otro cuerpo que entonces era considerado de otro sexo (Preciado, 2008). 

¿Dialéctica sin conflicto?

Pues mientras las oposiciones (las diferencias) sigan pareciendo datos, algo que está ya ahí, «naturales», precediendo a cualquier pensamiento —sin conflicto ni lucha— no habrá dialéctica, ni cambio, ni movimiento. El pensamiento dominante se niega a analizarse a sí mismo para comprender aquello que lo pone en cuestión. (Wittig, 1992/2006, p. 23) 

Algunos binarismos: yo/otro, mente/cuerpo, cultura/naturaleza, hombre/mujer, civilizado/primitivo, realidad/apariencia, todo/parte, agente/recurso, constructor/construido, activo/pasivo, bien/mal, verdad/ilusión, total/parcial. Dios/hombre.

¿Qué es dominación?

La denominación proviene del latin dominatio; dominus: el señor de la casa, el “pater familia” y domus:la casa o el hogar. Por lo tanto, "dominar" significaba originalmente ejercer el poder que tiene un amo sobre su hogar y sus posesiones. Esas posesiones en las cuales se ejercía la dominación son todo el conjunto los famuli (esclavos y sirvientes). ¿Pero dónde están las mujeres? Están a merced del esposo o del padre: 

• Matrimonio Cum Manu (Con mano): En este tipo de unión tradicional, la mujer pasaba legalmente de la autoridad de su propio padre a la autoridad (manus) de su esposo. Jurídicamente, la señora ocupaba el lugar de una hija (loco filiae) de su propio marido. No poseía bienes propios; todo lo que ella tenía o heredaba pasaba a ser propiedad del dominus.

• Matrimonio Sine Manu (Sin mano): Se volvió el más común al final de la República y durante el Imperio. En este caso, la mujer permanecía bajo la autoridad legal de su padre biológico, no de su esposo. Esto le daba una enorme independencia económica: podía heredar, comprar, vender y tener sus propios bienes individuales. El dominus no tenía poder legal sobre su patrimonio ni sobre su vida.

Los hombres saben perfectamente que dominan a las mujeres («Somos los amos de las mujeres», dijo André Bretón)  y han sido educados para hacerlo. No necesitan decirlo constantemente, pues rara vez se habla de dominación sobre aquello que ya se posee.

Por todas partes la dominación nos enseña (p.25):

• Que antes de cualquier pensamiento, de cualquier sociedad, hay «sexos» (dos categorías innatas de individuos) con una diferencia constitutiva, una diferencia que tiene consecuencias ontológicas (el enfoque metafísico);

• Que antes de cualquier pensamiento, de cualquier orden social, hay «sexos» que son «naturalmente», «biológicamente», «hormonalmente» o «genéticamente» diferentes y que esta diferencia tiene consecuencias sociológicas (el enfoque científico);

• Que antes de cualquier pensamiento, de cualquier orden social, hay una «división natural del trabajo en la familia», «una división del trabajo [que] en su origen no es otra cosa que la división del trabajo en el acto sexual» (el enfoque marxista).

¿Qué prácticas podemos rastrear?

La categoría de sexo es el producto de la sociedad heterosexual, en la cual los hombres se apropian de la reproducción y la producción de las mujeres, así como de sus personas físicas por medio de un contrato que se llama contrato de matrimonio. Comparemos este contrato con el contrato que vincula a un trabajador con su empresario. El contrato que une a una mujer con un hombre es, en principio, un contrato de por vida, que sólo la ley puede romper (el divorcio). Asigna a la mujer ciertas obligaciones, incluyendo un trabajo no remunerado. Su trabajo (la casa, criar a los niños), así como sus obligaciones (cesión de su reproducción puesta a nombre del marido, coito forzado, cohabitación día y noche, asignación de una residencia, como se sobreentiende en la noción jurídica de «abandono del domicilio conyugal» significan que la mujer, en cuanto persona física, pertenece a su marido. 

Los periódicos informan de que «dos estudiantes y una mujer», «dos abogados y una mujer», «tres viajeros y una mujer» han hecho esto o aquello. La categoría de sexo es la categoría que une a las mujeres porque ellas no pueden ser concebidas por fuera de esa categoría. Sólo ellas son sexo, el sexo, y se las ha convertido en sexo en su espíritu, su cuerpo, sus actos, sus gestos; incluso los asesinatos de que son objeto y los golpes que reciben son sexuales. Sin duda la categoría de sexo apresa firmemente a las mujeres (Wittig, 1992/2006, p.28).

Hay que señalar que, en lo referente al estado civil, tanto el color como el sexo deben ser «declarados». Sin embargo, gracias a la aboli ción de la esclavitud, la «declaración» del «color» se considera ahora una discriminación. Pero esto no ocurre en el caso de la «declaración» del «sexo», algo que ni siquiera las mujeres han pensado en abolir. Yo me digo: ¿a qué esperamos? cuestionamos «la-mujer», algo que, para nosotras —como para Simone de Beauvoir— es sólo un mito. Ella afirmó: «no se nace mujer, se llega a serlo. No hay ningún destino biológico, psicológico o económico que determine el papel que las mujeres representan en la sociedad: es la civilización como un todo la que produce esa criatura intermedia entre macho y eunuco, que se califica como femenina» (Wittig, 1992/2006, p.32).

El matriarcado no es menos heterosexual que el patriarcado: sólo cambia el sexo del opresor. Además, esta concepción no sólo sigue asumiendo las categorías del sexo (mujer y hombre), sino que mantie ne la idea de que la capacidad de dar a luz (o sea, la biología) es lo único que define a una mujer. 

No sólo naturalizamos la historia sino que también, en consecuencia, naturalizamos los fenómenos sociales que manifiestan nuestra opresión, haciendo imposible cualquier cambio. Por ejemplo, no se considera el embarazo como una producción forzada, sino como un proceso «natural», «biológico», olvidando que en nuestras sociedades la natalidad es planificada (demografía), olvidando las mismas son  programadas para producir niños, aunque es la única actividad social, «con la excepción de la guerra», que implica tanto peligro de muerte. 

Mientras seamos «incapaces de abandonar, por voluntad o espontáneamente, la obligación secular de procrear que las mujeres asumen como el acto creador femenino (Wittig, 1992/2006). 

Hoy, nociones como raza y sexo son entendidas como un «dato inmediato», «sensible», un conjunto de «características físicas», que pertenecen a un orden natural. Pero, lo que creemos que es una percepción directa y física, no es más que una construcción sofisticada y mítica, una «formación imaginaria»que reinterpreta rasgos físicos (en sí mismos tan neutrales como cualquier otro, pero marcados por el sistema social) por medio de la red de relaciones con que se los percibe. (Ellas son vistas como negras, por eso son negras; ellas son vistas como mujeres, por eso son mujeres. No obstante, antes de que sean vistas de esa manera, ellas tuvieron que ser hechas de esa manera). Era una construcción política y aquellas que asistían eran acusadas de no ser «verdaderas» mujeres. Godelier en su artículo del poder y el lenguaje, muestra cómo los hombres “Baruya”, mediante el lenguaje controlaban el poder de denominar lo “verdadero”, la distancia con la disidencia. Cualquier coincidencia con la realidad no es mera coincidencia. 

¿Por qué el feminismo?

Pero, ¿por qué ha sido escogida la palabra «feminista» si es tan ambigua? Elegimos llamarnos «feministas» hace diez años, no para apoyar o fortalecer el mito de la mujer, ni para identificarnos con la definición que el opresor hace de nosotras, sino para afirmar que nuestro movimiento tiene una historia y para subrayar el lazo político con el primer movimiento feminista (Wittig, 1992/2006, p.37).

Nuestra primera tarea, me parece, es siempre tratar de distinguir cuidadosamente entre las «mujeres» (la clase dentro de la cual luchamos) y la mujer, el mito. Porque la «mujer» no existe para nosotras: es solo una formación imaginaria, mientras que las «mujeres» son el producto de una relación social. Hemos sentido esto claramente cuando rechazábamos que nos llamaran «movimiento de liberación de la mujer»(Wittig, 1992/2006, p.38)

Pero destruir «la-mujer» no significa que nuestro propósito sea la destrucción física del lesbianismo simultáneamente con las categorías de sexo, porque el lesbianismo ofrece, de momento, la única forma social en la cual podemos vivir libremente. Además, lesbiana es el único concepto que conozco que está mas allá de las categorías de sexo (mujer y hombre), pues el sujeto designado (lesbiana) no es una mujer ni económicamente, ni políticamente, ni ideológicamente. Lo que constituye a una mujer es una relación social específica con un hombre, una relación que hemos llamado servidumbre, una relación que implica obligaciones personales y físicas y también económicas (asignación de residencia, trabajos domésticos, deberes conyugales, producción ilimitada de hijos, etc.), una relación de la cual las lesbianas escapan cuando rechazan volverse o seguir siendo heterosexuales. Somos desertoras de nuestra clase, como lo eran los esclavos americanos fugitivos cuando se escapaban de la esclavitud y se volvían libres. Para nosotras, ésta es una necesidad absoluta; nuestra supervivencia exige que nos dediquemos con todas nuestras fuerzas a destruir esa clase —las mujeres— con la cual los hombres se apropian de las mujeres. Y esto sólo puede lograrse por medio de la destrucción de la heterosexualidad como un sistema social basado en la opresión de las mujeres por los hombres, un sistema que produce el cuerpo de doctrinas de la diferencia entre los sexos para justificar esta opresión (Wittig, 1992/2006, p.43).

Así mismo, la categoría mujer  tomado como limite, como subversión del hombre, entendiéndolo como régimen político de la hegemonía, como resto a costa de su producción de socius. Deleuze y Guattari sostienen que todo devenir subversivo o molecular debe empezar por un «devenir-mujer», porque la «mujer» es la primera minoría definida en relación con el estándar molar del hombre. Lo dice en términos de situarse en el límite del cuerpo sin órganos, esquizo.  

Los autores en pos de devenir otredad (límite, resto, mujer) de la segmentación binaria, detectan  grandes oposiciones duales: las clases sociales, pero también los hombres y las mujeres, los adultos y los niños, etc (Deleuze y Guattari, 1980/2004, p.214). 

Por ejemplo, la sexualidad no entendida desde el amor romántico occidental y comprendida desde su multiplicidad pone en juego devenires conjugados demasiado diversos que son como n sexos… Pero lo importante es que el propio amor es una máquina de guerra dotada de poderes extraños y casi terroríficos. La sexualidad es una producción de mil sexos, que son otros tantos devenires incontrolables. La sexualidad pasa por el devenir-mujer del hombre y el devenir-animal del humano: emisión de partículas(Deleuze y Guattari, 1980/2004, p.208).

¿ Mujer en el triángulo edípico?

Habiendo resaltado la necesidad de un tercero para una superación de la opresión dual, el ciborg  postulado por Haraway se sitúa decididamente del lado de la parcialidad, de la ironía, de la intimidad y de la perversidad. Es opositivo, utópico y en ninguna manera inocente. Al no estar estructurado por la polaridad de lo público y lo privado, define una polis tecnológica basada parcialmente en una revolución de las relaciones sociales en el oikos, la célula familiar. La naturaleza y la cultura son remodeladas y la primera ya no puede ser un recurso dispuesto a ser apropiado e incorporado por la segunda. La relación para formar torios con partes, incluidas las relacionadas con la polaridad y con la dominación jerárquica, son primordiales en el mundo del ciborg. A la inversa de Frankenstein, el ciborg no espera que su padre lo salve con un arreglo del jardín (del Edén), es decir, mediante la fabricación de una pareja heterosexual, mediante su acabado en una totalidad, en una ciudad y en un cosmos. El ciborg no sueña con una comunidad que siga el modelo de la familia orgánica aunque sin proyecto edípico. El ciborg no reconocería el Jardín del Edén, no está hecho de barro y no puede soñar con volver a convertirse en polvo (Haraway, 1985/1995). Aparece mitificado precisamente donde la frontera entre lo animal y lo humano es transgredida.

¿El lenguaje como frente de lucha?

La política de los cyborgs es la lucha por el lenguaje y contra la comunicación perfecta, contra el código que traduce a la perfección todos los significados, el dogma central del falogocentrismo.

“El género cyborg es una posibilidad local que cumple una venganza global. No existe impulso en los ciborgs para producir una teoría total, pero sí una experiencia íntima de las fronteras, de su construcción y de su deconstrucción. Existe un sistema de mitos a la espera de ser un lenguaje político que sirva de semilla a una forma de mirar la ciencia y la tecnología y que amenaza a la informática de la dominación, para actuar poderosamente” (Haraway, 1985/1995).

Monique Wittig plantea el lesbianismo de una manera similar a la que Haraway plantea el Cyborg. Espacio transgresor, liminal en el cual pararse entre el dualismo y por lo tanto constante movimiento dialéctico. Al decir del Turner, entre lo uno y lo otro, estar en constante rito de pasaje , como penélope que tejía y tejía, constante problematización, correr del binarismo como alma que lleva el diablo, tan lejos que se pueda salir de los límites.

Bibliografía

Haraway, D. (1995). Manifiesto para cyborgs: Ciencia, tecnología y feminismo socialista a finales del siglo XX. En D. Haraway, Ciencia, cyborgs y mujeres: La reinvención de la naturaleza (M. Talens, trad., pp. 251-311). Cátedra. (Obra original publicada en 1985)

Preciado, P. B. (2008). Testo yonqui: Sexo, drogas y biopolítica en la era farmacopornográfica. Espasa-Calpe / Paidós.

Deleuze, G., y Guattari, F. (2004). Mil mesetas: Capitalismo y esquizofrenia (U. Larraceleta y J. Vázquez Pérez, trads.; 6ª ed.). Pre-Textos. (Obra original publicada en 1980)

Wittig, M. (2006). El pensamiento heterosexual y otros ensayos (J. Sáez y P. Vidarte, trads.). Egales. (Obra original publicada en 1992).