por Diego Fuentes
«La secularización es una ilusión: los valores morales contemporáneos —derechos humanos, igualdad, compasión— son cristianismo sin Dios.»
El fantasma de Cristo en el ateísmo moderno
El Occidente contemporáneo se declara post-cristiano. Ha vaciado las iglesias, ha desterrado a Dios del discurso público, ha consagrado la razón como única fuente legítima de verdad. Y sin embargo, toda su estructura moral sigue siendo inconfundiblemente cristiana.
Los derechos humanos universales, la dignidad inherente de cada persona, la preferencia por el débil sobre el fuerte: nada de esto se deriva de la razón pura. Se deriva de dos mil años de formación moral cristiana que se ha secularizado sin reconocer sus orígenes.
La genealogía que Occidente se niega a hacer
Nietzsche lo vio con claridad escalofriante: matar a Dios no elimina la moral que Dios sustentaba. Solo la deja huérfana, sin fundamento, vulnerable a su propia incoherencia.
Hemos matado al legislador pero seguimos obedeciendo sus leyes, sin saber ya por qué.
El humanismo secular es cristianismo en estado gaseoso: ha perdido su forma institucional pero mantiene su estructura valorativa. Y esa estructura, sin el sustento metafísico que la originó, se vuelve cada vez más frágil.
El riesgo de la fragilidad moral
Cuando los valores no tienen fundamento reconocido, se convierten en preferencias. Y las preferencias son negociables. El peligro no es que Occidente abandone sus valores cristianos secularizados; el peligro es que los siga defendiendo sin saber por qué, hasta que alguien con una voluntad más fuerte proponga otros.